lunes, 14 de junio de 2010

Silencio


Hace un par de días sonaba en los medios la incesante búsqueda de una palabra que pudiéramos establecer como aquella que mejor refleja la identidad de los españoles. Supongo que será una artimaña más de algún centro de estadísticas para conocer nuestra forma de pensar, nuestra idiosincrasia nacional, si la hubiere. No obstante, siempre es positiva la reflexión en torno a la lengua y en torno al comportamiento humano, venga maquillada en forma de encuesta o consulta popular o de carácter más académico por parte de lingüistas y psicólogos.

Silencio. Silencio es el término con el que me quedo para la definición. Muchos me achacarán –especialmente los extranjeros– que de silenciosos los españoles tenemos muy poco. Cierto es: continuamente envuelta por un sinfín de ruidos se encuentra la vida. Vida indefensa y contaminada por nuestros propios gritos y alaridos con los que pretendemos, simplemente, que se nos oiga.

Sin embargo, pese a la actitud tan poco decorosa que desafortunadamente nos caracteriza, apelo al silencio como eje vertebrador de nuestra sociedad. Pues silenciosos somos ante la infinidad de injusticias que de forma regular suceden a nuestro alrededor, y ni dos palabras tenemos ante las situaciones tan degradantes que presenciamos en el día a día.

Esta mañana, sentado en la misma mesa de la misma cafetería de cada jueves presenciaba cómo un joven amenazaba peligrosamente a una pareja homosexual. Todos callaron; yo también. Digamos que no está bien visto involucrarse en temas ajenos, en absoluto. ¿No vivimos en un país liberal? ¡Que cada uno haga lo que quiera!; mientras no nos afecte a nosotros, todo perfecto. Sin olvidar las tres máximas primordiales: no llamar la atención, no inmutarse, ser «normal». Y confundidos llamamos a esto el «Estado de bienestar», aquel en el que lo tenemos prácticamente todo pero a la vez, nada.

No sería por falta de ganas por lo que me abstuve de pronunciarme, pero ya lo decía José Luis Coll: «cuando guardo silencio procuro hacerlo sin ofender». Mas déjeme precisar que si callamos no lo hacemos por apetencia, sino porque «Alguien» nos ha robado la voz. Ahogados brusca y profundamente por lo establecido como «políticamente correcto», prisioneros somos del Estado. Prisioneros, en definitiva, de nosotros mismos.

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