Querido lector:
Hoy me decantaré por el género epistolar para recordar –si con unas palabras es suficiente, que no lo es en absoluto– la extraordinaria obra literaria que caracterizó plenamente al siglo XVIII.
Debo confesarte, además, que esta mañana mientras iba a Oviedo a un Curso de Verano con música –mi música- en el autobús me acordé de ti. Sí, de ti, hombre o mujer que está dedicando su tiempo en leerme en este preciso momento.
Pensaba, al más puro estilo anglosajón –es decir, el brainstorming o la lluvia de ideas-, qué quería comenzar a compartir contigo… Y para mi sorpresa me surgieron treinta tópicos o temas con los que me gustaría poco a poco ir lidiando, si me lo permites. No porque no me los haya planteado antes, sino porque querría hacerte partícipe de mis reflexiones, de los hechos de mi vida.
A priori e independientemente de la experiencia te confieso que estoy inquieto. No soy capaz de encontrar la adecuación o la relevancia de los temas para que puedan ser de tu interés, aunque intentaré desde ya no planificarlo tanto como con otras cosas hago –lamentablemente, creo–.
No, esta vez no. Hoy me dejaré llevar por el momento, por la situación… Considero ésa la mejor forma de que progresivamente descubras qué me inquieta, qué me pregunto o planteo… Pero no para que ello quede ahí, en absoluto: ¡te necesito! Nada de esto tendría sentido sin ti, pues necesito tu juicio, crítica y opinión para la consecución plena de mi objetivo: la catarsis personal, el éxtasis de la concentración de inconexos pensamientos a los cuales intentaré, junto a ti, darles un sentido. Ya ves... '¡Qué joven más ambicioso!', podrás pensar... En este caso te diré que sí: estoy emocionado.
Por último, no puedo irme sin recordarte –por si aún no te lo dije– que los textos de ayer lunes no han sido in situ, sino que tendrías que interpretarlos como un adelanto del sentido que a este proyecto le intento dar, que no es otro que el propio de mi vida.
Tuyo –espero que por mucho tiempo–,
Adrián
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