Todas las teorías del conocimiento, gnoseologías o epistemologías que encontramos a lo largo de la historia del pensamiento se han planteado el problema de la verdad. El hombre interpreta los datos empíricos para conocer, tratando de investigar la posibilidad de un conocimiento que vaya más allá de las opiniones subjetivas del sujeto cognoscente, que no dependa en ningún caso de sus convicciones sino que se atenga a lo que son las cosas.
Por tanto, la verdad se caracteriza por su objetividad, se refiere al acierto en el conocimiento y responde a la pregunta "¿qué conocemos sobre las cosas?".
Me es extremadamente complicado encontrar una respuesta única y concluyente al problema de la verdad, hoy entendida como una propiedad del conocimiento, de aquello que afirmamos sobre los seres.
Sin embargo, la verdad que encabeza este espacio es una verdad tan metafísica como la entendían los griegos. Se refiere a la alétheia, a lo permanente de las cosas, lo que había debajo de las apariencias (la ousía aristotélica, la substancia: sub-stare [lo que está debajo]; (¿qué te voy a contar a ti, querido lector, que no sepas?). Evidentemente, nada de esto puede ser captable por nuestros sentidos, sólo puede ser alcanzable por el pensamiento, por la mente; alejándonos así de las meras apariencias cambiantes y variables.
Por tanto, sólo podremos identificar verdad y realidad cuando podamos librarnos de aquellos velos que las musas griegas ponían a la realidad, cuando podamos ir más allá de lo captable por los sentidos, para conocer lo permanente, lo que no cambia, la auténtica realidad. Es, en definitiva, necesario un proceso de desvelamiento o desocultamiento que nos permita abandonar la minoría de edad kantiana, y empezar a descubrir las esencias y los misterios de la realidad que nos rodea.
Aplicándolo al día a día, es muy frecuente la confusión entre lo que es y lo que parece ser: a menudo nos quedamos perplejos ante algo que nos parecía real y descubrimos que no lo es. Quizá la apariencia sea sólo el camino para llegar a descubrir el ser real de las cosas, pues sólo a través de su apariencia podremos alcanzar su auténtico ser...
La vigencia de la duda será vitalicia para todos.
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