Es la fragilidad del hombre la que inunda hoy mis pensamientos. Tengo esa sensación de que me rompería en infinitos pedazos con el mero roce del gélido viento de una noche como la de hoy: oscura, fría, absorbente, mística. El ser humano pierde toda su fuerza, potencia y dureza con el asomo de un sentimiento, con la presencia del miedo en su vida. Es el miedo –y no otro- quien nos pone a prueba, el temor a lo que nos rodea, las preguntas del mundo, las dudas sobre nosotros mismos.
Me considero, en muchas cosas, un ser atemporal. El tiempo no es un factor que condicione excesivamente mi vida: pienso que tanto el futuro como el pasado se pueden modificar con nuestra voluntad presente. Una barbaridad, lo sé, pero así lo concluyo. Por ello apenas siento que sea demasiado pronto o demasiado tarde para casi nada: la vida nos entrega en cada momento lo que Dios desea para nosotros.
Hoy siento que Dios me llama, me avisa, me protege y me advierte. Pero como ser humano, imperfecto soy. No llego a comprender con totalidad qué me está diciendo, qué espera Él de mí. Tengo miedo de no ser lo suficientemente valiente ni fuerte como para escucharle y dejarlo todo para seguirle. Tal vez la reflexión sea la mejor aliada en estos casos de confusión y desorientación; mas quizá me pierda aún con mayor fuerza en este complejo camino que es la vida, olvidando muchas otras cosas maravillosas.
Sin embargo, el mundo está demasiado lleno de personas que sufren y de otras que, tras haber perdido el sentido de sus vidas, hacen daño a los demás. Es ahí donde sospecho que Dios quiere que yo esté: junto al que sufre, junto al que lo ha perdido todo; para animarles y transmitirles la fuerza que el Espíritu Santo nos regala sin pedirnos nada a cambio más que amor. Ese amor tan olvidado en nuestros días, ese amor que intentamos sustituir y reemplazar por nuestros propios intereses. Ese amor, por el contrario, que a veces nublamos con el penetrante odio, que duele y destruye tanto al que odia como al que es odiado. Asimismo, creo sentir que Dios quiere que le ceda mi vida a Él y a los hombres, para orientarles y aconsejarles según los principios de mi fe como Jesucristo y sus apóstoles ya hicieron. Quizá Dios me esté llamando a su Ministerio, a llevar una vida diferente, entregada al mundo y al hombre. Entregada, en definitiva, al Amor, que es el único capaz de vencer al miedo y al dolor.