Tempus fugit. El tiempo pasa, para lo bueno y para lo malo. Las prisas se acercan. Todo acaba. Todo empieza.
Tras un curso peculiar, extraño y curioso, llega el momento de aprender de todo ello. ¿Qué sentido tiene sino ese? Tumbado en la cama valoro mis comienzos de vida universitaria con adjetivos muy alejados de mis pretensiones iniciales de joven aspirante en la selectividad… ¿Bueno, malo? No le pongo etiqueta: se quedan cortas.
Estos últimos meses me han sido verdaderamente útiles para abrir los ojos, para darme cuenta de que no todo era lo que hasta el momento había podido ver. Ya no es la realidad, sino las realidades. Abandonamos la Metafísica para encontrarnos infinidad de metafísicas particulares, personales, con nombre y apellidos. Y todo en el mismo sitio, unido por circunstancias de la vida o por la mera casualidad.
Y pienso. ¿Cómo no voy a pensar? Que la vida me haya demostrado que no todo es como creía ha permitido que me reformulara –me reformule- incluso los principios más básicos, elementales e indubitables. Y todo ello al más puro estilo cartesiano: mediante el proceso de la duda.
Recuerdo la semana de las fichas como una de las más complicadas del curso. “Muchas etiquetas”, pensaba. “Poco particular”. Pero esto lo ilustraré mejor con algún ejemplo: apellidos, sexo o edad son aspectos cargados de valor simbólico por su propia naturaleza. Me explico: tener dieciocho años en lugar de veinte, por ejemplo, podría ser interpretado como que aún soy un crío –lo soy- que nada sabe de la vida. Ser chico, del mismo modo, estaría cargado de infinidad de parámetros establecidos y estipulados como generales e indubitables.
Cansado. Cansado estoy ya de esa obsesiva y morbosa clasificación. ¿Qué pasaría si me hubiera negado a rellenarla? Por mí lo habría hecho encantado: no me habría sometido a ninguna evaluación ¿objetiva? y cuantificable. ¿Y por qué? Porque no lo tengo claro. Porque dudo, en definitiva.
“¿Cómo es posible dudar de lo más evidente?”, te preguntarás. Pues fácil. Cuando sientes que no encajas ni en A ni en B, aunque tampoco en algo intermedio. Es porque quieres gritar a la individualidad, al particular, a la substancia primera de Aristóteles. Yo soy yo, con algo bueno y todo lo malo –que ya sabes que con toda seguridad no es poco-. No tengo dieciocho años, no soy de Gijón, incluso no soy un tío. Soy yo, con todo lo que ello incluye. Pues si someter me dejo a ese análisis perdería toda mi singularidad, ese distintivo que me hace ser quien verdaderamente soy.
Para terminar te confesaré algo: no entregué la ficha reglamentaria, sino que creé la mía propia con los datos que consideré relevantes. Y orgulloso estoy de ello, pues si tenemos en cuenta las generalidades que a cada aspecto se le atribuyen, probablemente no sería ni un chico ni tendría mis dieciocho años.
Cuando uno se escapa del criterio por no saber –ni querer, que conste- definirse como un mero agregado de piezas con valor simbólico; será porque duda, será porque piensa. En definitiva, Descartes no se equivocaba.
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